"Ternura e ironía mis palabras" (2001)

Porcentaje de mujeres 46%
Relevancia de paratextos 50%
Desarrollo Biografías de antologados(as) 15%
Presencia Imaginario de Valparaíso 30%
Respaldo institucional 100%
Elementos de registro formal del libro 25%

Reseña

Ternura e ironía mis palabras es una pequeña y acotada recopilación de poemas escritos durante un taller de poesía dictado por el poeta Juan Cameron (Valparaíso, 1947) en la Corporación Cultural Balmaceda. El libro ofrece un pequeño prólogo del poeta porteño de reconocible prestigio (Premio Municipal de Valparaíso, 1996), donde hace algunos alcances sobre los jóvenes integrantes de este taller a quienes llama “colegas incipientes y puros” o “esos locos bajitos”, parafraseando a Serrat, de quienes dice difícilmente recordar sus nombres, pero sí sus palabras. “Me ha costado aprender sus nombres; pero algunas líneas o conductas particulares me los retienen en la memoria” (p. 3). A partir de esto los nombra al modo de las evocaciones sintéticas sin caracterizar sus escrituras, solo la experiencia o la manera en que participaron del taller. Salvo por unos pocos de quienes resalta ese espacio donde se funden texto y vida. “O así Carlos Figueroa, cuya poética es un arte de vida en el cual cabe tanto el hijo como el trabajo o la observación del mundo” (p. 4). O Fernanda Álvarez, de quien afirma haber tomado el verso que da título al libro y sobre quien consigna es una de las editoras de la Revista Oh!, publicación independiente de los alumnos del Taller de Poesía de Balmaceda 1215.

El libro abre con el poema “Fernanda” de Fernanda Álvarez (Valparaíso, 1980) y cierra con un poema sin título de Javier Valenzuela (Valparaíso, 1983). Finalmente, una página contiene el acotado registro de los nombres de los autores, con fechas y lugares de nacimiento, y niveles de estudio.

La gran mayoría de los textos posee versos breves y consistentes. Pese a tratarse de una publicación humilde en cuanto al material de sus tapas y la encuadernación, destaca la calidad de varios poemas, creciendo el libro a partir de su contenido. Sin duda la tarea encomendada al poeta Cameron fue muy bien cumplida, porque, aunque este autor intenta describir su rol con modestia, sí menciona que ha utilizado tiempo en hablarles y revisar con rigor y acuciosidad sus escritos.

La cantidad de poemas es variable por cada autor, seguramente a razón del nivel de participación que tuvieron del curso. Destacan los discursos de los autores ubicados al inicio de la muestra, donde el apreciarse a sí mismo y el afecto mutuo perduran como expresiones que exploran en las posibilidades del lenguaje, donde no se perciben discursos excesivamente metafóricos. Tampoco hay una inclinación o resonancias surrealistas sino más bien la valoración de cada elemento y aspecto de lo cotidiano, concreto y llenos de elementos constitutivos del mundo propio. El poeta acá ha dejado de ser un profeta o un sujeto heroico. En este Yo poético más bien son las cosas las que lo afectan y retrotraen, no al revés como la poesía de antaño, donde el poeta actuaba sobre las cosas.

Estas palabras llenas de ternura e ironía, que darán sustento, justamente como lo descubrió Cameron, a la unidad colectiva en cuestión, es resultado de una época donde pareciera que el sujeto postmoderno se pregunta a través del lenguaje del porqué de su existencia. Daniela Giambruno, incluida anteriormente en 2007 en la antología El mapa no es el territorio, a cargo de Ismael Gavilán, escribe: “Desaparezco en la ausencia de mi / No me veo / No me puedo reflejar pues no existe espejo alguno / que plasme lo invisible” (p. 18). Es decir, ya no hay una búsqueda por verbalizar la totalidad de la existencia a la manera de un Rokha o el mismo Huidobro, de haber batalla parece asumida desde los pies en la tierra.

En el poema “Añoranza”, Fernanda Álvarez expresa: “Fortaleza nocturna / nunca tan fuerte / como para no dejarme ir” (p. 7). Así como también en el poema de “Ese año” de Carlos Figueroa, que dice: “Escucho un teléfono, es la llamada de / la suerte; miro y el cable está cortado. / Me preguntan, se me apaga la tele / Ahora veo puntos horizontales” (p. 16).

Ciertamente puede distinguirse una ruptura en la tradición respecto al poema de compromiso social, dada esta forma fragmentada y poética de narrar los apremios del vivir cotidiano donde el pasado desolador y reciente queda tácito sin estar ausente, pues esos esfuerzos por rearticular la propia figura y presencia de sujetos vinculados no logra restituir la unidad de sus cuerpos que denotan un padecimiento que no resulta nombrado. La ternura por tanto recaería en ese esfuerzo joven por decir y decirse, en tanto la ironía estaría presente en la imposibilidad de tal reconstrucción en la que el sujeto/la sujeta insiste.